viernes, 2 de junio de 2017

El Viejo del Saco

El Viejo del Saco
En el  patio de aquella  casa había dos árboles enormes, dos limoneros que daban una sombra majestuosa y llenaban el ambiente de olor a azahares.
Era un buen lugar para estar, sin lugar a dudas.
Cuando estabas en el cuarto de los niños, la ventana que daba al patio era enorme, casi casi era del diámetro de la pared.
Tenía unas cortinas con dibujos caricaturescos de animalitos de circo en colores azul, amarillo, rojo y blanco…
Cuando abrías de par en par las cortinas podías admirar en todo su esplendor a los dos limoneros.
Todas las noches, la mamá iba y arropaba a sus tres niños los cuales dormían en el mismo cuarto. Los tapaba y les besaba la frente y les decía cuanto los quería para después cerrar las cortinas, apagar la luz, cerrar la puerta e irse todavía a continuar con algunos quehaceres de la casa y a esperar a que llegara el papá de la casa.
Había un niño en especial, el mayor de ellos que siempre era el último en dormir.
Su mirada estaba fija en el techo hasta que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad…
Buscaba platicar con sus hermanos menores pero ellos si se dormían más pronto.
Entonces, al no tener cómplices, miraba el techo buscando encontrarle figuras y formas  al enjarre.
A veces veía naves espaciales o astronautas; dragones y caballeros; vaqueros y caballos…
Inventaba mil historias hasta que el sueño encontraba refugio en sus parpados de niño y se dormía.
Y ya dormido continuaba la aventura por esos lugares mágicos con personajes increíbles
Le costaba por las mañanas despertar, el solo quería seguir soñando.
No es que fuera mala su vida, es que tenía mucha imaginación.
Una noche que sus papás iban a salir y buscaron una niñera para que cuidara a los niños.
Una vecina, Doña Lupe  le recomendó a Celia, una muchacha que le ayudaba de vez en cuando y había venido de Veracruz al igual que ella.
Pues esa noche llego Celia y se quedó a cuidarlos una niñera.
 No parecía buena ni mala, solo era una joven de unos 20 años.
Era pura sonrisa y encanto… hasta que se fueron los papás…
Ahí el sueño parecería pesadilla.
Esa noche, la niñera entro al cuarto mientras estaban ya acostados los tres hermanos  y se dirigió al mayor y le dijo al oído:
-Tengo una idea ¿y si jugamos?  ¿Has oído la historia del “roba chicos”, del “viejo del saco”?
El niño abrió de golpe los ojos, sintió un vació en el estómago y su corazón se aceleró vertiginosamente.
-ven- le dijo Celia – acompáñame al patio…
El niño se levantó despacio de la cama y sintió el frio del piso en sus pies de 7 años…
-no tengas miedo, todo va a estar bien.
Salieron de la habitación despacio, sin hacer ruido como dos fantasmas entre la oscuridad de la noche.
Caminaron por un largo pasillo que los llevaba hasta la puerta de servicio donde al abrirla, al fondo, se miraban los limoneros…
-¿ves lo que está debajo del árbol aquel?- pregunto Celia- es el “viejo del saco”, viene por ti esta noche… ¿sabes por qué? Porque así tiene que ser, es normal…
Por la mente del niño pasaban mil cosas, a penas y unos meses atrás su maestra de catecismo le había enseñado el “Padre Nuestro” y en su menta las oraciones vacilantemente brincaban en un desorden que no le daba lógica pero que le abrazaban fuerte ante el terrible miedo que sentía.
Comenzó a llorar y sus pies estaban casi morados del frio. No podía hablar. En su mente le pedía perdón a sus hermanos y a sus padre, pero nadie podía oírlo… la mano fría de Celia le apretaba sus pequeños dedos…
-No intentes escaparte, no puedes ir a ningún lado. Él o lo sabe todo y a donde vayas te va a encontrar.
Seguían caminando lento hasta el limonero donde estaba un hombre viejo mirándolos como lobo hambriento entre la neblina.
Se podía escuchar su respiración agitada, se colaban unos rayos de la luz de la luna por entre las ramas y le deban justo sobre sus pupilas.
-¿sabes lo que les hace el “viejo del saco” a los niños?- pregunto Celia tiernamente- Los mete en esa bolsa y se los lleva muy lejos.
-¿No volveré a ver a mis papás ni a mi hermanos?- pregunto el niño
-Quizás algún día puede ser - contesto Celia amablemente.
Llegaron justo frente al hombre quien se levantó y era más alto de lo que parecía, estaba vestido como pordiosero , se puso frente al niño, bajo su rostro hasta quedar justo frente al de la criatura y le dijo: “es tiempo de irnos”
El niño cerro los ojos y sintió los brazos del “viejo del saco” rodear su pequeño cuerpo…
Después todo fue luz, fue como si el sol estuviera ahí mismo…
El miedo se fue y se invadió la noche de silencio y paz, el niño abrió los ojos y vio al viejo vestido de blanco con unas enormes alas…
-Es tiempo de irnos muchachito- Y se esfumaron de pronto…
A la mañana siguiente, el cuerpo sin vida del hijo mayor de la familia Noriega fue encontrado en su cama.
La habitación era un caos entre llantos de hermanos y gritos de la madre.
El doctor se dirigió al padre y le dijo:
-Ya está descansando, ya no sufrirá más, ya está con Dios.


Charles.